Un adiós

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Ha muerto nuestro bailarín, el soñador de bambalinas y escenarios, el eterno fumador del sillón, el bebedor empedernido de ginebra; aquél que, incluso siendo nuestro tío, no conocimos nunca.

Llenó una maleta escasamente y se fue de Málaga. Maricón. En Europa se hizo bailarín profesional, abrió una academia de flamenco en Bélgica y fue volviendo de año en año con diferentes amigos. El día que descubrí que no lo eran, se echó a reír como si no hubiera visto nunca lo obvio; yo tenía diez años.

Enseñaba las fotos de sus espectáculos, nos bailaba a escondidas a Marta y a mí. Fue entonces cuando aprendí qué quería decir eso del duende del que hablaba tanta gente. Recuerdo ensayar con torpes movimientos esa cara que transmitía pasión y dolor a la vez. Pero me entraba la risa.

Quizás un día también podría volar de casa y ser bailarina de flamenco, si Pepe, nuestro tío bailarín, espera en algún lugar de Bélgica.

Pepe, el tío bailarín, dejó de venir, dejó de llamar. Sus cosas ahora permanecen en un almacén de una pastelería que tenía delante de casa: una virgen y música flamenca. Vivió muy acompañado. Ayer murió solo. Quizás esas cosas que llegarán un día u otro a cobro revertido, nos explicarán quién fue realmente y cómo quiso que le hubieran querido.

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