Ana

Ana cerró la puerta y los otros esperamos una respuesta a tan repetina entrada en clase. Ella sonrió nerviosamente, comprobó que había cerrado la puerta y dijo que le perseguía la fatalidad. Seguía con las ojeras moradas,pero eran más evidentes desde que nos habíamos instalado en Shoreditch. Venía de estar con Robert (un novio que la había contagiado reiteradamente y que la había llevado a más de una estancia en el hospital de Mile End.).La recuerdo en ese segundo de entrada estelar en clase de Susan Hackett y también cuando bailaba descompasadamente y salía dando tumbos del New Globe. La jodida hablaba sobre mil y una cosas interesantísimas. No únicamente en ese estado.
Recuerdo que un día me propuso que nos fuéramos a vivir juntas a Whitechapel y que compartiéramos cama para pagar menos. Era una superviviente. La idea me sedujo pero luego pensé en la posibilidad de encontrarme a Robert en medio de la noche, desnudo y con calcetines, y el sueño se desmoronó.
Ana no fue ni de lejos la persona que significó más en mi estancia en Inglaterra, incluso diría que hubo momentos que su toxicidad interpuso una barrera extraña (y que ahora reconozco estúpida) entre nosotras dos pero también fue la única que tuvo la capacidad de erigirse como una persona auténtica en medio de todo el bullicio de esa época e hizo, incluso, que me atreviera a escribir en español.

Foto: Lo Alonso (muà)

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